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Maggie MacDonnell – Educar entre dos polos

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Educar entre dos polos

Maggie MacDonnell es una profesora de secundaria que trabaja en una escuela rural

del Ártico y es la ganadora del Global Teacher Prize en 2017. MacDonnell enseñó en países como Tanzania, Botswana y El Congo, pero sostiene que nada se asemeja a  lo que experimentó en la comunidad indígena inuit que reside en Salluit.

Con temperaturas que promedian los 25 grados bajo cero y un aislamiento impuesto por barreras de hielo del polo Ártico, la profesora Maggie Mac Donnell enseña y siembra esperanza en la comunidad originaria Inuit de Salluit, en el extremo norte de Quebec.

Maggie dio clases en misiones de Boswana, Tanzania y El Congo, pero su última experiencia como docente canadiense le permitió obtener el Global Teachear Prize 2017, una distinción equiparable a un Nobel de la Educación que se entrega a quien es considerado como el mejor maestro del mundo.

La Fundación Varkey, la entidad con sede en Dubai que organiza el galardón, premió con un millón de pesos el proyecto de la joven profesora. Maggie fue seleccionada entre 20 mil docentes de todo el mundo por promover hábitos de vida saludables y contribuir a valorizar la cultura de sus alumnos e incentivarlos a levantar un gimnasio y colaborar con un comedor comunitario. Todo eso en un contexto desfavorable. La comunidad de Salluit, que tiene una población de 1.450 personas, está afectada por el flagelo del suicidio adolescente, el alcoholismo, la drogadicción y la violencia de género.

“Hay algo que se transmite como una injusticia en un pupitre vacío”, se lamenta la maestra de Salluit, que sufrió de cerca el suicidio de 10 estudiantes en 2 años. Maggie habló en Dubai con la Revista Colegio, acompañada de tres de sus alumnos que colaboran con ella en la tarea de fomentar la superación en su comunidad educativa.

– ¿Cómo se siente el hecho de ser considerada la mejor maestra del mundo?

– Es un honor muy grande. Los maestros en Canadá somos trabajadores públicos, personas sencillas. Pero la Fundación Varkey hace un trabajo increíble con este premio que celebra el trabajo docente. Me siento muy feliz de que me hayan tenido en cuenta. Creo que han valorado el contexto en el que trabajo y el impacto que pude lograr en la vida de mis alumnos. Yo trato de promover un modo de vida sano en un lugar muy particular como Salluit.

– ¿Cómo es Salluit?

– Es un pueblo al que se accede solamente con avión o en barco durante el verano. La escuela donde trabajo se llama Ikusik y tiene cerca de 200 alumnos. Desafortunadamente, a causa del aislamiento y de variados problemas sociales la tasa de deserción es muy alta.

– ¿A qué problemas se enfrentan?

– Ellos padecen problemas como comunidad originaria desde la colonización. Vienen siendo históricamente maltratados. Y los jóvenes tienen una gran crisis de identidad que se manifiesta de manera trágica en casos de suicidios. Yo creo que la educación debe ser contextualizada para que sea útil y pueda adaptarse al lugar adonde se enseña. Por eso, mi tarea al llegar fue apuntar al desarrollo comunitario. A través de una comisión escolar, formamos a varios alumnos en la prevención de estas situaciones porque pienso que ellos pueden ayudarse. También lancé un programa de liderazgo para mujeres destinado a niñas y adolescentes. Allí ellas pueden reflexionar y concientizarse sobre la necesidad de pelear contra la violencia de género.

Pero el impulso definitivo para la búsqueda de la superación de los problemas tiene que ver con el deporte. Junto a la Municipalidad, armamos un centro de preparación física que está abierto todas las tardes a quien desee ir. Allí asisten también los alumnos que yo entreno para competencias nacionales e internacionales de corredores. Estas iniciativas los alejan de sus problemáticas. El deporte es una de mis pasiones y un recurso extraordinario para darle otras alternativas a los jóvenes.

-También impulsaste el trabajo de los alumnos en un comedor comunitario y en una guardería. ¿En qué consiste?

– Mis alumnos participan de proyectos como la preparación de viandas nutritivas para los alumnos o los recién nacidos de la guardería. Esto también les interesó y contribuyó a bajar la deserción. Ellos son protagonistas de todos los proyectos. Por eso, quise traerlos a Dubai para que participaran de las capacitaciones y poner la atención global en ellos. Sentí una gran felicidad cuando me confirmaron que podían participar de este foro internacional.

– ¿Cuál es el destino del millón de dólares que ganaste?

– Es mucho dinero y tengo que pensar bien en qué proyecto invertirlo porque aquí hay muchas necesidades. Mi sueño sería fundar una ONG con mis estudiantes para devolver, por ejemplo, la cultura del kayak a la comunidad, para que recuperen sus raíces, pero a través del cuidado de la naturaleza y el compromiso de los jóvenes . Ese podría ser un comienzo.

-¿Considerás que pudiste enseñar con cada uno de esos proyectos, dentro y fuera del aula y más allá de una clase convencional?

– Sí, siempre lo digo. Enseñar es una experiencia más profunda que estar en clase con los alumnos, tiene que ver con establecer una conexión con ellos, participar de sus inquietudes y, en particular, en esta comunidad indígena que es distinta a mi pueblo natal de Nueva Escocia (Canadá), enseñar también implica una forma de enriquecerse.

Nota. María Julia Mastromarino. Especial desde Dubai

Enseñar en el extremo sur del mundo: los maestros de la Antártida.

La adversidad climática en el polo sur del planeta, tampoco es un obstáculo para la llegada de docentes dispuestos a enseñar en ese lugar remoto. Los maestros Mariana Ibarra, de 34 años y Víctor Navarro, de 38, fueron seleccionados entre siete parejas para encarar el desafío de ser maestros durante un año en la escuela N° 38 ubicada en la Base Esperanza de la Antártida Argentina.

Ambos viven en Tierra del Fuego (condición necesaria postularse como maestros antárticos) y viajarán al continente blanco junto a sus dos hijos, Victoriano y Juan Ignacio, de 8 y 6 años.

Al igual que la dotación de la Base, la población de la escuela N° 38 se renueva cada año.

En total, entre maternal, inicial y primaria el matrimonio de docentes les dará clase a 7 alumnos. Hay también 8 chicos de nivel secundario, pero estudiarán a distancia.

“La idea de ir a enseñar a la Antártida surgió cuando estábamos estudiando el profesorado – cuenta Mariana, la futura directora de la Escuela de Base Esperanza, a la Revista Colegio-. Luego nos recibimos, nos casamos y vinieron nuestros hijos, pero el deseo siempre estuvo presente en nuestro corazón”.

Las expectativas de la pareja de docentes son muy buenas. Para Víctor será una oportunidad para acompañar a los alumnos en su escolaridad “de la mejor manera”, tratando de que tengan “una experiencia única” y que desarrollen “el sentido de pertenencia” por esa porción de territorio ubicada en el extremo sur de la Argentina.