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Kasuya Takahashi – CONSTRUCTOR DE APRENDIZAJES

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Kasuya Takahashi es conocido por sus alumnos como “el maestro Lego” porque incluye el juego en sus clases para fomentar el pensamiento crítico y la creatividad. Aquí, el perfil de este docente que supo ser un niño desinteresado por el estudio hasta que un profesor de Historia lo estimuló y le hizo pensar en el aprendizaje como algo tangible y atractivo.

Cuando el maestro Takahashi empieza a plantear situaciones problemáticas sus alumnos se preparan para la acción. Se separan en grupos y se reparten las herramientas de trabajo: cajas compartimentadas que contienen bloques plásticos de distintos colores y tamaños, partes del cuerpo de muñecos pequeños y distintos tipos de elementos accesorios. Los estudiantes más grandes reciben piezas de trabajo sofisticadas. Sirven para armar edificios, aviones y hasta para graficar continentes.

Así encara una típica clase Kasuya Takahashi, un sonriente japonés de 35 años, rebautizado por sus alumnos como “el maestro Lego” y  considerado uno de los diez mejores docentes del mundo. La Fundación Varkey, una entidad internacional dedicada a mejorar los estándares educativos, lo seleccionó entre ocho mil maestros de 148 países. Takahashi no obtuvo el premio mayor, una suerte de Nobel de la Educación entregado cada año en Dubai (EAU) al cierre del Congreso de Educación y Habilidades, pero se sintió orgulloso de ver que su trabajo fue presentado como una de las propuestas más innovadoras.

En una entrevista que concedió en Dubai a la revista Colegio, este entusiasta maestro contó de qué manera descubrió su vocación y fue pensando en una forma de enseñar para formar jóvenes “más creativos e independientes”.

¿Cómo fue que decidió ser maestro?

En realidad, cuando era chico no estaba interesado en el estudio. Nací y me crié en una zona montañosa próxima a Tokio llamada Yusawa. Iba a la escuela pero no era un buen alumno. De hecho, no comprendía lo que me enseñaban y sentía que no podía entender nada bien. Afortunadamente, tuve un profesor de Historia que cambió mi perspectiva. Primero, me introdujo en el método de pesca y la historia detrás de ella. Y ahí comencé a prestar atención. Un día nos llevó a cavar en la tierra para buscar las piezas de una vasija antigua. Nos dio libertad y pude pensar en la historia de Japón como algo más cercano a mi corazón. Yo pasé mucho tiempo rearmando la pieza original. Me apasioné.  Fue el momento en que decidí que quería ser maestro.

Kasuya estudió magisterio e inglés en Tokio. Allí fue animado por sus supervisores a continuar cursando una Maestría en Artes en Londres y, antes de regresar a su país, hizo un postgrado en Estados Unidos sobre Ciencias del Aprendizaje. Entonces, le pareció interesante especializarse para motivar la creatividad y complementó su formación con una instrucción de dos años en Lego.

¿Cuál es la razón y la efectividad de que los alumnos expresen sus conocimientos a través del juego?

Yo busco que mis estudiantes ganen más oportunidades de expresarse y adquieran habilidades necesarias para ser personas creativas. Quiero que se den cuenta de que su potencial y talento puede ser utilizado de diferentes maneras. Muchos de mis alumnos tenían dificultades para expresarse y al utilizar juegos didácticos lograron generar un quiebre y desarrollar su modo de pensar. Ellos sienten que su aporte puede ser importante y eso les da seguridad para plantear de diversas maneras los conocimientos aprendidos.

¿Cómo es la dinámica de trabajo?

Les digo que se separen en grupos de cuatro o cinco chicos y que empiecen a pensar en alguna situación problemática. Ellos toman las herramientas que les doy y cuentan lo que quieren y cómo lo quieren. Luego cada uno argumenta su posición. Pueden estudiar y contar con un mapa guía pero ellos mismos tienen que volcar su idea a una escala. Por ejemplo, trabajé con los maestros del Congreso un ejercicio de los que hacemos en clases. Les di un mapa de la Antártida y un ladrillo de plástico. El planteo fue: ‘si este ladrillo ocupa tanto lugar ¿cuál será la superficie de la Antártida?’. El ladrillo era muy pequeño y para muchos era difícil establecer la medida pero lo intentaban. Al cabo de un tiempo, les daba un ladrillo más grande y hacían una nueva prueba hasta que lo lograban de muy diversas maneras. Después tomé seis soluciones creativas para hacer los cálculos y las discutimos. Una de las propuestas era encerrar los ladrillos en un círculo del mapa o un cuadrado, sacar la cantidad de ladrillos que entraban y establecer la superficie de una manera más simple. Todo, por supuesto, con un anclaje teórico. Los chicos lo resuelven muy fácilmente. Con el paso del tiempo, vemos que el rendimiento de muchos de ellos ha mejorado. Un tópico que cubríamos en siete lecciones teóricas, por ejemplo, ahora no nos toma más de cuatro clases.

 

 

 ¿Este tipo de enseñanza le abrió otras puertas?

Sí. Eso nos permitió introducir nuevas oportunidades de carreras y exploración científica. Así fue que junto a una asociación japonesa, organizamos la primera competencia de estudiantes universitarios para hacer un elevador espacial, un proyecto estudiado por la NASA. Pero mi objetivo es que sean creativos sin perder de vista su responsabilidad como ciudadanos globales. Por eso, en la escuela organizamos oportunidades de trabajo voluntario en el exterior. Los estudiantes hoy colaboran con un orfanato en Tailandia y participan ayudando a un emprendedor local de Indonesia. Pienso que no debe haber barreras  entre el aprendizaje en la escuela y fuera de la escuela, como no las hay entre los diferentes países del mundo. Mis clases pueden ser cursadas tanto por los alumnos japoneses como por los niños del orfanato tailandés. Con todos debatimos los problemas globales.

¿Qué aprovechamiento se puede hacer de las nuevas tecnologías en ese camino hacia la formación de jóvenes creativos e autónomos?

Hay mucho por hacer. Me atrae mucho la educación en línea. Pensé que podía aplicarla en la escuela y hoy veo que es muy útil. Un ejemplo es el software educativo llamado Edmodo, que brinda servicios semejantes a los que dan redes sociales como facebook. Yo lo traduje del inglés al japonés. El software habilita a los docentes a  comunicarse con los estudiantes y sus padres, así como con compañeros de trabajo y otras instituciones educativas. Los profesores pueden distribuir tareas y seguir el progreso de los alumnos. Este software tiene 51 millones de usuarios en todo el mundo y está disponible en distintos idiomas. En propuestas como esas, yo veo un gran aprovechamiento.

La Fundación Varkey lo seleccionó como uno de los diez finalistas al premio al mejor maestro del mundo. ¿Qué hace falta para ser un buen maestro?

Lo más importante que un maestro puede darle a un alumno es su confianza. Para mí, es la base de todo. En mis clases los estudiantes debaten con el fin de aprender a expresarse y ver las cosas desde diferentes perspectivas. La parte más importante de la educación, a mi criterio, no es que los alumnos amplíen sus conocimientos, sino que asuman la responsabilidad de lo que aprenden. Y quiero que apliquen lo que saben en la vida real. El uso de un recurso como Lego es una forma divertida de incorporar eso. Aprender construyendo algo. Siento que sucede algo parecido a cuando era niño y armé la vasija. Al fin y al cabo, el proceso educativo es una construcción.