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JUAN CARR – LA ESCUELA COMO ALIADA SOLIDARIA

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LA ESCUELA COMO ALIADA SOLIDARIA

Cada vez son más las escuelas, institutos terciarios y universidades que estimulan a sus alumnos a ayudar a los demás. Juan Carr, el líder de la Red Solidaria, analiza el fenómeno asignándole a los equipos educativos un papel diferencial: El de sostener ese compromiso en el tiempo. De acuerdo a su experiencia, los maestros son quienes mantienen y desarrollan “el fuego sagrado” de esas historias de amor por los demás que crecen a diario en las aulas. Perfil y reflexiones de este veterinario inquieto de 54 años que supo armar un movimiento social y cultural sin precedentes.

 

Mientras hace su caminata matutina, va repasando sus sueños, sus preocupaciones, sus próximas actividades solidarias. Cuenta que irá a la escuela La Salle de Florida, en Vicente López, donde coordina un proyecto de comunicación a través de redes sociales. Después, partirá para grabar un spot junto a familiares de víctimas de la tragedia ferroviaria de Once y más tarde, entre sus compromisos laborales del día, se hará un hueco para ir al Club Atlético River Plate a terminar de organizar la Escuela de Líderes de la Comunidad, un futuro espacio de enseñanza. Dice que tiene pensado retomar una campaña para construir escuelas y que está avanzando con la idea de editar un libro con diez historias solidarias.

Juan Carr vive en medio de lo que describe como “un caos ordenado”. Parece que todo confluye en su mente al mismo tiempo pero él tiene claro hacia dónde va. Lo obsesiona combatir el hambre y poner en contacto al que necesita con quien puede ayudar.

El ahora emprendedor social, con una capacidad colosal para convocar multitudes, comenzó a alimentar su vocación solidaria desde los 9 años, cuando se convirtió en scout. También afianzó esos intereses durante su educación secundaria, junto a educadores religiosos que lo hicieron conocer pueblos originarios y sectores postergados.

Es veterinario, profesor de Biología en una escuela media y en la Cátedra de Nutrición de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Fundó un Centro de Desarrollo Comunitario con agrónomos, docentes y pediatras para tratar la desnutrición infantil. De eso vive la familia Carr. Dio clases en el Colegio Santo Domingo Savio de la villa La Cava, en San Isidro, e ideó Mundo Invisible, una agencia de prensa para que se pueda oír la voz de quienes no consiguen hacerse escuchar.

Postulado en siete oportunidades al Premio Nobel de la Paz, admira a la Madre Teresa de Calcuta, a René Favaloro, a Manuel Belgrano pero, en primer término, a su mujer, María Alemán. Con ella y tres amigos creó hace 21 años esa unión de voluntades bautizada como Red Solidaria. Ya habían nacido cuatro de sus cinco hijos: María, Francisco, Martín, Ana y Josefina. Desde el movimiento que formaron, empezaron por pedir ocho dadores de un tipo de sangre poco frecuente para salvar a un chico de 11 años. En poco tiempo, 140 personas respondieron al llamado. Los voluntarios de la Red, emocionados y sorprendidos por la convocatoria, fueron repitiendo un método sencillo: se enteraban de que alguien necesitaba ayuda, la pedían a través de las organizaciones y medios a su alcance, y la respuesta no tardaba en llegar.

Pronto Juan se transformó en el referente de esa movida que fue reuniendo miles de manos dispuestas a colaborar. Estuvo al frente incontables campañas y movilizaciones. Un desastre natural, una propuesta para concientizar sobre el autismo,  un pedido por un trasplante, una actividad para salvar un bosque o la búsqueda de un chico desaparecido fueron algunos de los disparadores con respuestas masivas.

La Red no cuenta con personería ni papeles. Hoy recibe un centenar de llamados diarios. Tiene 38 sedes y 800 voluntarios y, aunque está creciendo por el mundo (con difusores en al menos 15 países), mantiene las mismas prioridades: el hambre, la inclusión social, la educación. En ese contexto, Juan sostiene que los maestros se convirtieron en aliados incondicionales y la escuela, en un lugar generador y continuador de las acciones, que brega a la par de la Red en favor de una cultura solidaria.

¿Cuál fue la primera experiencia solidaria de la Red en la que intervino una escuela?

En 1995 arrancamos. Fue un año después. Cuatro de los cinco iniciadores teníamos hijos en edad escolar y nuestros hijos, que eran chiquitos, vieron cómo la idea de la Red llegaba a las escuelas. Naturalmente, fueron acompañando las campañas del momento. De los chicos de la calle, de las frazadas, de las donaciones de alimentos. Fue un proceso casi familiar.

Se juntaron las comunidades de la Escuela pública 8 de Florida, el Instituto Pedro Póveda de Vicente López (al que iban nuestros hijos),  la Escuela Goethe de San Isidro y los colegios Bet El y St. Brendans, de Belgrano. Eran las escuelas de nuestros hijos y se agregó la 8. Como nosotros estábamos involucrados en la Red, nos iba a buscar una maestra, una directora y armábamos planes para ayudar. En esa época, teníamos contacto con algunos comedores comunitarios, ya conocíamos a Margarita Barrientos (fundadora del comedor Los Piletones).  Y con esas escuelas hicimos varias campañas para juntar donaciones para un día, una semana o un mes de comida. Una movida del primario, del jardín.

La primera campaña grande que tuvimos fue para la inundación del Litoral, en 1997. Participaron muchas escuelas y las primeras con las que trabajamos también. La respuesta superó todas las expectativas. La convocatoria se hizo en San Cayetano, Liniers. No paraban de llegar camiones con donaciones. Y, por la cantidad de personas que habían ido, la gente se agolpaba para llegar a la Iglesia a dar su ayuda. Fue muy movilizante.

¿Cuál es el valor agregado que tiene una campaña o una acción cuando participa una escuela?

Primero, me resulta fácil decirte que el primer lugar donde se vive una atmósfera solidaria es la casa de uno, la familia. Y, seguro, el segundo es la escuela. ¿Qué tiene de valor agregado? Por un lado, vos y yo somos testigos de que la Argentina se emociona cuando ve un dolor pero también sabemos que muchas de las acciones suelen ser espasmódicas. Lo que hace la escuela es generar algo más permanente que la emoción pasajera, algo más encarnado, más profundo, una cultura. El valor de: “Reflexionemos, pensemos, ¿qué nos parece?, ¡compartámoslo!”. Permite que la solidaridad sea algo sostenido. Por otro lado, la escuela tiene mucha credibilidad. Sigue siendo el lugar más creíble posiblemente en la Argentina como comunidad. Entonces, como la gente le cree a los maestros, le cree a la escuela, le cree a los profesores, ése es un lugar en donde cualquier campaña que vos instales, tiene garantizado un mensaje creíble, con lo que garpa la credibilidad en la Argentina de hoy, ¿no?

¿La solidaridad fue ganando espacio en las escuelas y universidades?

Sí. Comenzaron a tomar la solidaridad como un tema central.  Hoy, prácticamente ya no hay ningún jardín, escuela, colegio, universidad, o muy pocos, que no tengan alguna suerte de proyecto o mirada social. Hace mucho, en las aulas de la Escuela Póveda fundamos la Cátedra de la Solidaridad, un posgrado para reflexionar sobre la mejor forma de ayudar, destinado a egresados de distintas carreras. El primer ejercicio era siempre pensar en el otro.

Ahora tenemos un megaproyecto destinado a todas las universidades públicas y privadas del país. Se llama Escuela de líderes para la Comunidad. Queremos contar con una cátedra donde se hable del prójimo, y nos capacitemos sobre cómo transformar la realidad, cómo trabajar en red. Ya tenemos el programa para 2017 y por estas horas estamos definiendo cuál será la sede. Ya se comprometieron a participar el Club River, la Unesco, el Instituto La Salle de Florida, la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, la Universidad del Salvador y Scouts de Argentina, entre otros. Ahí estaremos dando clases con el padre Pepe Di Paola, Margarita Barrientos, el rabino Daniel Goldman y el presidente de River, Rodolfo D’Onofrio. También el DT de Los Leones, Carlos “Chapa” Retegui, porque creo que ese conjunto tienen mucho del espíritu de equipo y compromiso que queremos transmitir.

¿En qué medida tiene importancia el rol de los maestros, estimulando, comprometiéndose?

Son segundos padres. Los maestros logran muy bien esa necesaria atmósfera de valores. No hay ningún secreto. Ellos consiguen mantener el fuego sagrado, desarrollarlo. Ya en el secundario es muy común que los maestros les hagan a sus alumnos el planteo clásico de que, además de desear ser profesionales geniales que “ganen guita”, piensen cómo pueden contribuir con su vocación en la sociedad. Es una mirada que ahora se escucha todo el tiempo. Ahí hay un trabajo de los docentes, sin duda.

¿Cuáles fueron las campañas más resonantes en las que participaron activamente las escuelas?

Creo que la de las tapitas para reciclar y vender que hicimos en 2009. El esquema tapitas, con la Fundación del Hospital Juan Garrahan, las escuelas y un medio de comunicación (en ese caso fue el noticiero de Telefe), debe haber sido lo más bestial que yo recuerdo. Programamos 12 móviles en vivo desde diferentes escuelas. Y las tapitas se pusieron más de moda ahí en todo el país.  Cuando las descubrí, dije: Hagamos un quilombo”. Y ése fue el momento. Fue una campaña impecable que sirvió para equipar a nuevo la Sala de Quemados del Hospital de niños. Después hubo muchas otras, de las que se te ocurra, de todo. Es muy común que una escuela haga campañas para ayudar a un alumno o junte cosas para que haya menos gente que pase frío.

¿Y las campañas para juntar ladrillos para las escuelas?

La primera fue Un ladrillo para La Cava, con la que levantamos una escuela en ese barrio. La hicimos con un supermercado. La idea era que pusiéramos un ladrillo y el supermercado pusiera otro y, finalmente, pasó que en las primeras cuatro llamadas telefónicas donaron un millón de ladrillos (se ríe). Y me llamaron desconcertados del supermercado para contarme. Eso fue fabuloso. Y la segunda fue Un ladrillo para mi escuela, que encaramos junto a Ricardo Darín y Adrián Suar. Con lo que se juntó, hicimos refacciones en tres escuelas de Salta, Jujuy y Bariloche. Ahora quiero retomar esa idea para hacer más escuelas. Me imagino que tendríamos que crear una cuenta permanente solidaria en algún banco de Argentina y juntar, para una etapa inicial, dos millones de mangos. Cuando reunamos dinero en la cuenta para 200 mil ladrillos, construimos la primera escuela, celebramos y arrancamos con otra. Yo quiero hacer eso. Una escuela por provincia, sin reemplazar el rol del Estado sino complementándolo. Justo ayer tuve la reunión por eso. Es una campaña muy simple y muy linda.

¿Qué es lo que estás haciendo en el colegio La Salle de Florida?

La escuela se abrió a un proyecto de participación en las redes sociales para vivir y expandir la cultura solidaria. Tengo una oficina ahí a la que le elegimos un nombre delirante, DTR, que quiere decir Departamento de Transformación de la Realidad.

Convocamos a un voluntariado virtual y logramos una conexión ideal a través de los celulares. La idea es hablar masivamente sobre un tema, por ejemplo, la búsqueda de una persona desaparecida. En todas las redes nos ayudan mucho. Parece que somos la red solidaria online del mundo más desarrollada porque uno de cada 80 habitantes de la Argentina está conectado con nosotros. De esto me enteré hace un mes. Sabemos que hay un mundo que está esperando para entrar en acción. Sólo tenemos que pensar cómo comunicar.

¿Cómo surge algo que después se puede transformar en una gran campaña? ¿Cómo lo percibís?

Desde el dolor. Te acercás y preguntás al que sufre. El dolor sabe, es muy preciso. Básicamente, estamos entre la comunidad y la necesidad. Alguien te dice qué necesita, ya sea un ladrillo, un abrazo, una frazada, y nosotros en las redes sociales, en los medios o donde sea le decimos a la comunidad lo que hace falta. Hay una percepción que no te sé describir. Pero me doy cuenta cuando un tema va a crecer. Me equivoco muchas veces pero muchas también acierto, porque veo de qué se trata. Generalmente, las historias personales más duras, desgraciadamente, son las que más conmueven.

Muchas veces te vimos recibir propuestas y darles curso en el momento, sin reparar en formalidades. ¿Es una filosofía?

Claro, adelante. Por supuesto. Cuando aparecieron facebook, Twitter y otras redes sociales nos dieron la razón: ¡Adelante, adelante! Si sos honesto y  comunicás algo honesto, adelante, no te detengas ¿no?

¿Cómo conectás estas actividades con la escuela de tus hijos?

Lo que pasa es que nosotros elegimos una escuela que ya sabíamos que tenía un sentido cristiano y comunitario de la vida. La elegimos por eso. Ya sabíamos que iba a ser así. O sea, la elegimos al revés. Por su mirada comunitaria y solidaria. El colegio ya estaba involucrado y yo le hice un poco más de ruido. Como en el La Salle, estando ahí hacemos más ruido. Pero el Póveda tenía ya una vida propia muy social. Ahora también estoy en River. Llegamos nosotros y hacemos más ruido. Mis hijos también crecieron con eso.

¿Cómo atraviesa la solidaridad la vida familiar? Durante las campañas, es habitual ver a alguno de tus hijos cargando donaciones en los camiones junto a otros voluntarios.

Sí, nos acompañan pero actúan por iniciativa propia. Mary, la más grande, trabaja por la inclusión social en los barrios a través del deporte. El segundo estudia Publicidad y pinta con (el artista plástico) Milo Lockett que está en el arte social y el tercero cursa Medicina en la UBA, también tratando de hacer su aporte. Anita estudia Educación y va a misionar con una parroquia. Jóse lo vive en la escuela. Son muy distintos a nosotros, ¿eh? pero evidentemente tienen como una impronta. Hay una cosa de fondo…

El compromiso social…

Eso. Francamente, tenemos esa necesidad de cambiar la realidad y siento que cada vez somos más en ese sendero. Entre todos lo que pensamos así lo estamos logrando.

Nota: María Julia Mastromarino

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Ya en el secundario es muy común que los maestros les hagan a sus alumnos el planteo clásico de que, además de desear ser profesionales geniales que “ganen guita”, piensen cómo pueden contribuir con su vocación en la sociedad. Es una mirada que ahora se escucha todo el tiempo. Ahí hay un trabajo de los docentes, sin duda.

Hoy, prácticamente ya no hay ningún jardín, escuela, colegio, universidad, o muy pocos, que no tengan alguna suerte de proyecto o mirada social.

Me doy cuenta cuando un tema va a crecer. Me equivoco muchas veces pero muchas también acierto, porque veo de qué se trata. Generalmente, las historias personales más duras, desgraciadamente, son las que más conmueven.